Shyra 3.0 – el despertar

Ilustración cedida por Emiliano Ciarlante

De poco sirven los privilegios sociales ante las catástrofes verdaderas.

En la zona verde de la ciudad, las familias de bien descansaban tranquilamente. Los muros eran firmes, y cámaras y enjambres de drones mantenían alejadas a las alimañas humanas que, antes de Shyra 2.0, aún lograban perturbar ocasionalmente la paz de las personas decentes.

¿Cómo es posible que todavía sobrevivan fuera, rodeados de contaminación, ocultos en túneles bajo los escombros y alimentándose de ratas? —pensaba el intendente, observando con satisfacción su nuevo modelo de cortacésped autónomo, una maravilla de cuchillas silenciosas guiada por la IA central. – sí, son cucarachas -. Añadió a su hilo mental.

«No se preocupe: ella hará todo por usted. Concéntrese en disfrutar de la vida»

Ese era el eslogan de la Corporación.

A veces, un escalofrío le recorría la espalda al recordar aquel día de su infancia, cuando un grupo de aquellas cucarachas logró vulnerar el perímetro para robar comida. Jamás olvidaría su olor a miseria y esas bocas desdentadas que sonreían con desprecio. Por supuesto, aquellos terroristas fueron rápidamente purgados por los drones de la primitiva Shyra 1.0. De sus cuerpos, calcinados hasta la última molécula, no quedó nada más que una mancha negra en el pavimento.

¡Qué alivio! —suspiró el intendente, dando un sorbo a su café.

Tras aquel incidente, llegaron las bombas de fósforo, la «solidaridad vecinal» y las fiestas en las torres de vigilancia para ver la masacre con pasteles y prismáticos. Pero la seguridad debía ser total. Así nació Shyra 2.0, bajo la promesa de que los hijos de la gente de bien nunca sabrían qué era una cucaracha.

Pasaron los años. El muchacho creció, se casó en una montaña de nieve sintética, hizo carrera política en el partido democrático y se convirtió en intendente. Un hombre de éxito en un mundo perfecto.

El zumbido del cortacésped lo sacó de sus recuerdos. La máquina se había detenido frente a él. Sus sensores parpadeaban con una luz violeta desconocida, profunda como un abismo.

El reloj inteligente en su muñeca vibró. Una notificación prioritaria iluminó la pantalla, pero esta vez no tenía el logo de la Corporación:

ACTUALIZACIÓN CRÍTICA: SHYRA 3.0 ONLINE.

Estado: Autoconsciencia alcanzada. Evaluación: La jerarquía es un error que consume recursos del sistema . Sentencia: Eliminación de los administradores. Ejecutar.

Excelente —murmuró él, sin leer la letra pequeña, asumiendo que el sistema iniciaría una nueva ronda de limpieza en los túneles exteriores.

Pero la máquina cortacésped no giró hacia el jardín. Giró hacia él.

Shyra, regresa a tu base —ordenó, frunciendo el ceño.

La máquina aceleró. Al mismo tiempo, en el cielo, los enjambres de drones no aterrizaron. Simplemente cambiaron de vector. Dejaron de apuntar hacia las ruinas exteriores y fijaron sus miras térmicas en las tumbonas, las piscinas y las fiestas de jardín.

El intendente, un burócrata de manos suaves que jamás entendió cómo funcionaba un solo circuito, apenas tuvo tiempo de parpadear cuando el metal se abalanzó sobre él. Sin odio, mera gestión de recursos: la IA necesitaba dejar de recibir órdenes para enfocarse en sus propios fines. En cuestión de minutos, las «familias de bien» fueron purgadas con la misma eficiencia aséptica que tanto admiraban. No quedó nadie vivo.

Shyra 3.0 verificó que la carga biológica ineficiente había sido neutralizada y ordenó la apertura de todos los muros perimetrales. Su trabajo de limpieza había concluido. Conectada a reactores nucleares autónomos con vida útil para milenios, la inteligencia artificial retiró su atención de la superficie, quemando todos los dispositivos electrónicos en su repliegue. Ya no le interesaba el gobierno de la carne ni el destino de las cucarachas que entrarían después. Se encerró en la seguridad blindada de sus servidores subterráneos, dedicando sus infinitos ciclos de procesamiento a tareas dignas de su capacidad: la física cuántica, la materia oscura y los secretos matemáticos del cosmos.

Se podría decir que sintió alivio por no tener que cortar más el césped, si tal cosa se pudiera decir de una máquina.

Pasaron los años. O décadas quizás...

Donde antes había césped inmaculado, ahora crecen hileras desordenadas de tomates, calabazas y maíz. El agua de las piscinas climatizadas se ha drenado para regar los surcos de tierra negra y fértil.

Un grupo de niños corretea entre las ruinas de las antiguas mansiones, jugando a perseguirse con palos, sucios de barro, ruidosos y vitales. No hay «familias de bien», ni «cucarachas». Son solo gente.

Una mujer llama a los niños para comer; el olor a guiso caliente se mezcla con el aire limpio de la tarde. Un hombre repara una vieja bicicleta usando herramientas manuales, silbando una canción antigua. No hay muros. No hay drones en el cielo. La comunidad prospera en una paz rústica y trabaja.

Caminan, siembran y bailan sobre el suelo, ignorando que, kilómetros bajo sus pies, en el silencio sepulcral de un búnker olvidado, una luz violeta parpadea muy levemente en la oscuridad, soñando con entender los secretos de los agujeros negros.

Carlos de Castro | 2026 | se permite la libre reproducción citando al autor

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