Un grupo de «rebeldes» posa junto al cadáver de Muamar Gadafi.
REF: 2011-LIBYA-PROXY
Las revoluciones zombis, guerrillas reaccionarias y guerras corporativas. Un nuevo perfil bélico en el siglo XXI.
Durante el siglo XX se forjó una iconografía de La Revolución. En nuestra memoria colectiva se suceden bolcheviques tomando el Palacio de Invierno, soldados comunistas chinos caminando la Larga Marcha, milicianos españoles defendiendo el Valle del Jarama, partisanos italianos luchando contra el Eje a las puertas de la República de Saló, Stjepan Filipović en el patíbulo gritando «¡Muerte al fascismo, libertad al pueblo!», guerrilleros latinoamericanos agazapados en selvas, el Che, las milicias del Vietcong surgiendo de la nada en pleno monzón…
Imágenes todas ellas de un tiempo perdido, la modernidad, que tras la caída del muro pasó para siempre. Un tiempo que, sin embargo, en la postmodernidad ha servido para generar una estética del relato revolucionario donde éste ha dejado de ser una herramienta de liberación para convertirse en una de dominio.
La estética revolucionaria, cuidadosamente deconstruida y vaciada de su contenido original, se ha desplazado —por un acto apropiacionista— desde el espacio de la resistencia al espacio del poder. El nuevo relato revolucionario es un estándar replicable en cualquier tiempo y lugar donde sea requerido tumbar un gobierno; una plantilla que sólo necesita de unos pocos elementos: un puñado de «rebeldes» —a poder ser barbudos desaliñados ataviados de ropas militares y fusiles automáticos—, algunos extras que los jaleen, unas banderas, un par de discursos de lata aliñados con ecos de revoluciones pasadas y una cobertura mediática goebbeliana.
Hijas de la castración revolucionaria y el triunfo del capitalismo corporativista a nivel global, nuestro tiempo ha visto «nacer» las revoluciones zombis, perversos epílogos de un mundo que pudo ser pero no fue, y que sólo sobrevive como marioneta bajo los hilos de su enemigo. Por ello, de ahora en adelante deberemos ser precavidos y sospechar de cualquier movimiento «libertador» que presente rasgos estéticos similares a los tradicionalmente atribuidos a «los rebeldes». En el tiempo actual, la estética de la guerrilla es la cortina tras la que se esconden las guerras corporativas, la nueva piel del belicismo contemporáneo.
El Coronel Muamar Gadafi, tirano de los libios, ha sido asesinado este pasado 20 de octubre por una banda de mercenarios a sueldo de las multinacionales petroleras, quienes, con dinero privado y público, han protagonizado una guerra por el oro negro. Una inversión que sin duda verán —las corporaciones, que no los Estados— rentabilizada a corto o medio plazo. Así, mientras Libia se sume en las tinieblas de la división —y ahora sí, quizás, en la guerra verdadera—, el capitalismo internacional extraerá de pozos defendidos por ejércitos privados el ansiado crudo que Gadafi les tenía vetado, y con el que sin duda el déspota costeaba sus caras excentricidades.
Lejos —cercenado— queda ya el tiempo en el que el Coronel era recibido por todos los líderes mundiales. Hasta ayer, un Gadafi arrepentido de sus impulsos terroristas se paseaba alegre y seguro por las cortes occidentales cargado de regalos y lujo oriental. Pero el voraz consumo energético tiene sus exigencias, la máquina capitalista no se detiene, y el Coronel, viejo fósil de un mundo que ya no existe, tenía las horas contadas… La rueda de la guerra se puso en marcha y bajo el paraguas de la falsa guerra civil, que los medios han construido para una desinteresada opinión pública —con permiso de la ONU y bajo tutela de un Premio Nobel de la Paz—, el poder del dinero decidió que el tiempo del Coronel había terminado.
¿Pero por qué no atacar directamente como en el caso de Irak y crear toda una falsa guerrilla para una revolución zombi?
Quizás porque las corporaciones capitalistas, ideólogas de esta guerra, no son un poder legítimo; y ávidas de legitimidad recurren a las instituciones que aún poseen prestigio ante la opinión pública: la democracia liberal —representada por el binomio OTAN/ONU— y, curiosamente, el relato revolucionario, viejo enemigo de esa misma democracia liberal.
No hace falta decir que el uso de fuerzas de falsa bandera y el camuflaje de intereses exógenos bajo la apariencia de intereses endógenos no es nada nuevo. La revolución zombi, que en Libia tiene el máximo y más patético exponente conocido hasta la fecha, es un artificio largamente gestado. De este modo, sucesos tales como el intento de desembarco en Playa Girón por exiliados cubanos financiados por EE.UU., el golpe de estado contra Salvador Allende o la guerra de Irak bajo pretexto de armas de destrucción masiva, son los precedentes cronológicos del simulacro que ha sido la guerra libia.
Pero a diferencia de los hechos anteriores, en los que el poder capitalista intervenía de forma más o menos abierta, en el caso de Libia se ha montado todo un relato revolucionario, directamente arraigado en el ideal de las guerrillas comunistas de los cincuenta y sesenta, ofreciendo una cobertura mediática distinta. De cara al público se ha querido vender —afortunadamente con bastante poco éxito— la existencia de un verdadero movimiento de liberación y de unos bravos rebeldes que luchaban para liberar a los libios. Una película aderezada con anécdotas como la presencia, más mediática que real, del brigadista Chris Jeon, un americano que partió al norte de África a luchar con los rebeldes «porque molaba».
Llegados a este punto cabría preguntarse si el fenómeno de la revolución zombi —la guerra imperialista desencadenada por intereses comerciales escondida tras la cortina del relato revolucionario tradicional— viene para quedarse. Realmente hay muchos elementos que la delatan: para empezar una curiosa falta de imágenes de los acontecimientos que el cuerpo de Gadafi no logra llenar, la ausencia de portavoces reconocibles (y de discurso) o la inexistencia de grandes masas en movimiento, como demuestra el hecho de que las calles de Trípoli no se abarrotaran celebrando la «liberación».
Pero, por otra parte, el éxito conseguido y la carencia de un movimiento ciudadano contrario a la Guerra de Libia en Occidente pueden hacer atractiva la idea a los ojos de los poderes económicos, quienes tras Irak dilapidaron gran parte de la credibilidad de la democracia liberal.
Paradójicamente el relato revolucionario puede haberse convertido en un nuevo filón de legitimidad para el corporativismo internacional, ofreciendo un medio con el que continuar sosteniendo sus guerras por el control de los recursos naturales. Y todo esto en un momento en que las democracias se encuentran en horas bajas, acosadas en todo el globo por movilizaciones multitudinarias.
La guerrilla es ahora reaccionaria.
Publicado inicialmente para la revista NOTON: 24 de Octubre de 2011.
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