Maduro enemigo imperial: siete tesis sobre la escenificación del castigo

1. La exhibición del enemigo imperial cautivo materializa el monólogo autocrático de un poder que se celebra a sí mismo. En la imagen del líder encadenado, el espectáculo unifica la mirada global para proyectar una victoria inapelable: el imperio y su policía encarnan la única realidad posible. Este dispositivo devora al individuo en su propio flujo, colonizando su conciencia y estableciendo como horizonte exclusivo la aceptación de su supremacía y la subordinación absoluta a este orden.

2. En la Antigüedad, la técnica romana del triunfo alcanzaba su culminación histórica mediante la ubicuidad espectacular. El Senado primero y luego el César consolidaron su dominio exhibiendo a Vercingétorix, Yugurta, Perseo o Zenobia; cuerpos vencidos ofrecidos a la mirada pública como pedagogía de Estado. Allí donde la magistratura antigua exigía la materialidad biológica del derrotado para inscribir su victoria en el espacio urbano, el poder integrado actual traslada el ritual al interior de la conciencia mediante dispositivos hipnotizantes. Las imágenes de Noriega, Saddam Hussein, Milosevic, Gaddafi o Maduro organizan un archivo contemporáneo del triunfo, donde la captura se convierte en doctrina visual. La pantalla opera como arco de triunfo permanente, un dispositivo donde el poder imperial celebra su continuidad histórica y actualiza, instante a instante, su soberanía sobre el tiempo, la memoria y la imaginación política.

3. La escena del cautivo – antes poderoso y demonizado – ejecuta una función higiénica y renovadora: el espectáculo concentrado, señalando al enemigo imperial, supera en vitalidad al espectáculo difuso de una democracia mercantil en decadencia. La indefensión absoluta del adversario legitima por contraste al sistema y recubre su violencia estructural con el barniz de la técnica jurídica. El prisionero se constituye como mercancía-estrella, consumida con avidez para ratificar la naturalidad del dominio. La escena adopta así la forma de un sacrificio público de refundación, donde el poder se purifica exhibiendo al vencido.

4. Esta tecnología política instituye la separación entre la vida y su representación, entre la capacidad de actuar y la obligación de contemplar. El espectáculo organiza esa fractura como forma estable de gobierno: disciplina la percepción con la misma eficacia con que Roma disciplinaba los cuerpos y reemplaza la experiencia directa por su imagen administrada. El acontecimiento se presenta como historia en curso mientras consuma su cierre efectivo en el mismo gesto: caen los tiranos y la tiranía persiste. En ese proceso, el espectador adopta una identificación vicaria con el juez y el carcelero, interioriza la mirada del poder y la reproduce como propia. El consenso toma forma como parálisis colectiva asumida, una adhesión activa a la distancia que asegura la continuidad serena del orden imperial.

5. La contemplación ha colonizado la totalidad de la vida social, reorganizando la política como un estricto régimen óptico. El aparato judicial y la dirección de fotografía se fusionan en una identidad funcional absoluta: la sentencia acontece en el encuadre y su eficacia reside únicamente en la circulación. El derecho a mostrar se erige como el derecho soberano por excelencia; y quien detenta el monopolio de la imagen del vencido traza los límites de lo real. Esta escenografía obedece a una rigurosa estética de la dominación: la asepsia técnica de los captores —uniformes simétricos, vehículos inmaculados— compone una belleza administrativa que legitima el orden. Frente a ella, la vestimenta doméstica y desacralizada del detenido produce el contraste pedagógico que consagra la superioridad moral del orden policial sobre la vida capturada y su discurso. La apelación al poder judicial opera como ceremonia secular, una liturgia cuya vacuidad estructural se revela en la periferia del sistema: en Gaza, donde la ley comparece como forma y el exterminio como contenido. La imagen culmina así su función esencial: sustituir la verdad por su gestión visual y clausurar toda posibilidad de experiencia política fuera del encuadre.

6. La captura espectacular universaliza la amenaza bajo la forma de advertencia. La imagen del cautivo señala las coordenadas exactas del destino asignado a cualquiera que desborde el guion imperial. Esta pedagogía opera de manera preventiva y totalizante: disciplina el campo político antes del surgimiento de la palabra y convierte el miedo en ambiente. El terror visual organiza la obediencia previa a la insurrección, y cada individuo asume el rol de vigilante activo de su propia subordinación frente a la inmensidad operativa del aparato.

7. La política comienza únicamente con el colapso del escenario. La afirmación vital exige la deserción de la audiencia y el reconocimiento de la jaula televisada como arquitectura activa de la pasividad organizada. La exhibición de Maduro alcanza su pleno sentido operativo solo al confrontarse con la desaparición sistemática de los cadáveres palestinos: cuerpos sin encuadre, sin nombre y sin identidad, reducidos a número. El espectáculo decide qué vidas acceden a la representación y qué muertes permanecen fuera de campo, instituyendo así el régimen material de lo real. Allí donde el cautivo imperial se muestra hasta la saturación, el exterminio colonial se gestiona como ausencia visual. La vida recobra su materialidad fuera de esta transmisión, en el instante preciso en que la imagen pierde su mando y el espejo del poder estalla. Privada de su reflejo hipnótico, la maquinaria aparece como pura gestión ritual, desnuda, repetitiva y sin espesor histórico. En ese quiebre, la historia deja de circular como espectáculo y reaparece como práctica ofensiva, un arma concreta en manos de quienes la producen y la encarnan.

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