Desde que murió mamá el cuidado de papá recayó solo en mí; mi hermana y su marido se habían largado a una colonia minera en Groenlandia poco antes de quedarme a solas con él, y tras enterrar a mamá jamás volvieron a llamar, ni siquiera para felicitar por su cumpleaños a mi hijo.

Supongo que tuvieron el instinto que a mí me faltó – Vieron que el sur se convertía en un horno y huyeron hacia el hielo –. Yo me quedé aquí, en la humeante Texas, cuidando de un hombre que se derrite en su propia bilis.

Ahora mismo estoy en la fila de suministros del Sector 7. Cuarenta y tres grados. El sol no calienta, aplasta. Cuando llego al dispensador, paso los cupones de «Veterano de Pacificación» por el lector. El plástico está pegajoso. La luz roja parpadea.

— Códigos invalidados por Decreto de Ajuste Bélico 941/2065 —dice la máquina—. Prioridad desviada al Frente Sur.

Miro el cupón – Papel mojado –. El Estado ha decidido que ya no necesita alimentar a sus viejos perros. Me guardo la vergüenza en el bolsillo y salgo de la fila con las manos vacías.

El dispositivo en mi muñeca vibra. Es un bloque de polímero gris, agrietado. Bzzzt. Bzzzt. No necesito mirar – Es la llamada de emergencia –. Si no contesto, empezará a golpear la silla contra la pared o empezará a insultar a Leo. El zumbido me taladra el hueso. Corro hacia el transporte.

Entro en el apartamento y cierro la puerta de la habitación de Leo. Mi hijo tiene seis años y ahí dentro está a salvo. Abro la otra puerta, la del salón. El olor es físico: orina concentrada, desinfectante barato y algo dulce, podrido. Papá está en la silla, con la bata abierta. Jadea y mira la pantalla.

— ¡Tardaste! —gruñe. Tiene la cara roja.

Señala su entrepierna. La sonda se ha atascado. Su testículo izquierdo está hinchado, deforme, del tamaño de una pelota de tenis. La piel brilla, violácea, a punto de reventar. Me pongo los guantes. Mientras toco esa carne enferma para liberar el tubo, levanto la vista.

Encima del cabecero del sillón permanece colgado el retrato de Gregory Bovino. El efímero líder del ICE sonríe con dientes perfectos, congelado en una época donde ellos eran los dueños de la calle. Debajo, la dedicatoria dorada brilla entre el polvo: «Protegiendo la seguridad nacional y defendiendo la seguridad pública, su trabajo fue ejemplar.». Papá sigue mi mirada hacia el cuadro.

—Limpiábamos la ciudad de basura… todo iba bien. Orden. Mano dura. —masculla, perdido en el recuerdo—. Hasta que Trump se cagó. Un blando. Se dejó apretar. —Hace una pausa y me mira—. ¿Y tú?, tú tuviste que abrirte de piernas a ese animal. Te dejó tirada, ¿eh? Y ahora me has metido a su cría en mi casa.

Tiro de la sonda. Él grita. El líquido estancado sale al fin. Me trago las ganas de vomitar y voy a la cocina. Le pongo el plato delante. Gachas grises.

— ¿Otra vez esta mierda? —pregunta—. Quiero carne. Mis cupones dan para carne.
— Tus cupones no valen nada. Los han cancelado.
— ¡Mentirosa! —golpea la mesa—. ¡Me los robas! ¡Te gastas mi pensión en ese bastardo!

Se inclina hacia delante y una hebra de baba negra, espesa como el alquitrán, se le escurre por la comisura de los labios. Cae sobre su barbilla. Él no se da cuenta. Sigue insultando con la boca manchada de negro. Le retiro el plato.

Estoy fregando cuando el dispositivo vibra. Mensaje de texto. Es mi hermana: «Plaza de enfermera en colonia Nuuk. Turno de noche. Pagan en créditos reales. El transporte sale en tres horas. Es ahora o nunca.»

Miro la pantalla. Groenlandia. Voy al salón. El viejo tiene la tele a todo volumen. Propaganda. Drones gaseando gente en la frontera sur. Se ríe.

— Papá…
— Cállate. Mira esto. Así se hace. Mano dura.

La puerta de Leo se abre. El niño sale buscando agua. El viejo gira la cabeza. La baba negra brilla en su labio inferior.

— ¡Vete de aquí! —le grita—. ¡Fuera de mi vista! ¡Hueles mal!

Leo se queda quieto, con el vaso todavía en la mano – No digo nada. No grito –. Simplemente cojo a Leo en brazos y me doy la vuelta.

— Vámonos —le digo.

Hago la maleta en cuatro minutos. Lo esencial. El apartamento sigue oliendo a podrido. Antes de salir, arranco una hoja del cuaderno de Leo. Escribo con rotulador grueso y la dejo sobre la mesa, miro por última vez la foto de Bovino que sigue sonriendo.

Tus cupones ya no valen. Que te recoja la Patria.

Cierro la puerta por fuera. El pasillo quema, pero el aire entra en mis pulmones por primera vez en años. Vamos hacia el hielo.

Texto original de Carlos de Castro para Kaos en la Red. Ilustra Emiliano Ciarlante.