Stencil de Choukri Belaid en un muro de Túnez, firmado por las Juventudes del Frente Popular
En las sociedades contemporáneas, cuando un proceso de transformación social comienza a adquirir forma, el poder suele intervenir con una pedagogía brutal. Los asesinatos políticos funcionan entonces como actos ejemplares: no tanto para eliminar a un individuo como para reordenar el campo de lo posible. Tras ellos, aparecen siempre las mismas constantes: versiones oficiales inconsistentes, investigaciones dilatadas, silencios administrados. Así ocurrió con Olof Palme en 1986 o con Yasir Arafat en 2004.
El asesinato de Choukri Belaid en Túnez, el 6 de febrero de 2013, pertenece plenamente a esta genealogía. Belaid fue tiroteado frente a su casa, en el barrio de El Menzah, a plena luz del día. La versión oficial atribuyó el crimen a un pequeño grupo islamista radical; su presunto ejecutor principal, Kamel Gadhgadhi, murió un año después en una operación policial rodeada de opacidad. Durante más de una década, el caso permaneció suspendido en una zona de indeterminación cuidadosamente gestionada.
Para comprender el alcance de ese asesinato es necesario situar la figura de Belaid. Marxista, abogado, militante incansable, fue una figura transversal del imaginario popular tunecino. Incluso entre sectores conservadores era percibido como un símbolo de integridad, resistencia a la corrupción y rechazo a la colonización económica extranjera. Todavía hoy, su rostro reaparece en los muros de Túnez como una presencia insistente, un recordatorio material de una promesa interrumpida.
Durante los regímenes de Habib Burguiba y Zine El Abidine Ben Ali —ambos administradores del expolio francés, como prueba la herida abierta de la ciudad de Gabès, donde se extrae fosfato barato para la agricultura gala mientras se envenena el Mediterráneo—, Belaid conoció la cárcel. Tras la caída de Ben Ali, detonada por la inmolación de Mohamed Bouazizi en diciembre de 2010, Belaid formó parte de la Alta Instancia para la Realización de los Objetivos de la Revolución, participando activamente en la transición política.
Como líder del Movimiento Patriótico Democrático, Belaid encarnaba la posibilidad de un Túnez laico, socialmente soberano y no alineado. Pero los vientos que se movían entonces no buscaban la autonomía, sino un cambio de capataces. El primer gobierno recayó en el partido islamista Ennahda, que gestionó la contrarrevolución en el momento exacto en que Belaid fue eliminado. Oficialmente, Ennahda y su líder Rached Ghannouchi condenaron el asesinato. Sin embargo, durante el entierro de Belaid se permitió —cuando no se facilitó— la actuación de grupos violentos que atacaron a quienes acudieron a despedirlo, impidiendo que el duelo se transformara en acto político colectivo… Hoy, mientras Ghannouchi languidece en prisión tras un nuevo giro autoritario, la estructura del poder sigue intacta.
En 2021, el presidente Kaïs Saïed disolvió el parlamento, concentró poderes y desmontó el sistema parlamentario surgido tras la revolución, que poco o nada había transformado. Ennahda fue neutralizado desde el Estado, y con Ghannouchi encarcelado las viejas élites retomaban el control. Este giro autoritario no cerró la herida abierta en 2013: la desplazó. El conflicto dejó de presentarse como una disputa entre laicismo e islamismo para revelarse como una lucha más profunda entre dominación y justicia social.
En marzo de 2024, tras once años de espera, la justicia tunecina dictó sentencia por el asesinato de Belaid. Cuatro personas fueron condenadas a muerte y otras a largas penas de prisión. El fallo cerró parcialmente el capítulo judicial, pero no disipó las sospechas sobre la autoría intelectual ni las condiciones políticas que hicieron posible el crimen.
El islamismo radical, invocado durante años como amenaza absoluta, aparece aquí menos como sujeto autónomo que como figura funcional: un dispositivo de miedo, un instrumento de disciplinamiento siempre disponible. Así, en estos días de crisis perpetua, se le dice a la juventud que si el gobierno cae, la barbarie radical será la única alternativa. Es el eterno chantaje: elegir entre la corrupción de las élites asociadas al capital o el abismo inducido. Bajo ese marco, la revolución se convierte en un recuerdo tolerable, despojado de potencia.
En el tiempo actual, Choukri Belaid aparece como un fantasma intermitente en las paredes de Túnez. Más que un icono nostálgico, actúa como una interrupción del relato dominante. Nos obliga a recordar que, en los bares de la Rue de Marseille, todavía se hablaba de revolución con una sonrisa entre los labios cuando el poder respondió con una bala. A partir de ahí, la historia fue reconducida: el Túnez autónomo y laico quedó en suspenso. Pero Belaid persiste. Su efigie sigue reapareciendo en las calles para señalar que esa posibilidad no fue abolida y que continúa abierta.
Carlos de Castro, 31 de diciembre de 2025

