Pasos: una reflexión en torno al transporte y el marchar a pie

Atasco bajo la lluvia en Tunis (Túnez)



Mañana, día de Navidad, se cumplirá una semana desde que regresé de Túnez. En total han sido veintiséis meses en el país norafricano, una estancia que me ha servido para aprender algo de francés, tener un decente currículum como profesor de español – una profesión no recomendable si usted quiere hacer dinero –, y probar de primera mano la importancia que una buena red de transporte público representa para alguien que padece de condromalacia. 

Sin lugar a dudas, de mi vida en Tunis, la capital, tengo que destacar como aspecto negativo la dificultad generalizada que supone el transporte. En dos palabras: es caótico y desesperante. Desde el principio de mi estancia permanente en la ciudad, toda vez que dejé Gabès de forma definitiva, me vi obligado a usar principalmente el taxi. Es cierto que hay autobuses, pero la impuntualidad, la saturación y la escasa frecuencia los desaconsejan como vehículo de transporte prioritario. Pero los taxis son caros si se hace un uso prolongado de ellos, y a veces, a la hora en que son más necesarios, no aparecen, o de hacerlo lo hacen con la bombilla verde detrás del parabrisas, lo que en Túnez significa ‘ocupado’.

Emplear los taxis en Tunis requiere cierto aprendizaje, al principio uno se detiene donde buenamente puede. Pero eso no funciona y en horas puntas puede llevarte a la locura… Lo primero que debes aprender es a conocer los lugares estratégicos, aquellos próximos a hospitales, hoteles o edificios públicos con gran número de personas, y que ofrecen un continuo flujo de estos deseados autos amarillos con el piloto rojo, señal de que están disponibles. En el centro de la ciudad no resulta sencillo. Cuando trabajaba en el Instituto Cervantes y salía del último turno a las 20 horas debía andar unos cientos de metros hasta la avenida de Mohamed V, casi siempre tenía suerte, y en menos de 10 minutos podía sentar mi culo en el asiendo de alguno de estos imprescindibles ingenios, pero a veces, sobre todo si llovía podía pasar 30 o 40 minutos a la intemperie. En cambio, los días que trabajaba en el MSB, situado en la periferia de la ciudad, en el Lac 2, era un calvario. A las 18:30, momento en que terminaba mi última clase era también la hora de salida de todo el mundo en esa zona de oficinas, así que no había taxis. Durante el primer año la solución fue que una alumna me acercara hasta un centro comercial donde podía retornar a casa por el “módico precio” de veinte dinares – un sexto de mis ingresos diarios-. La otra opción era caminar hacia la autopista, en total unos 500 metros, pero había que cruzar un puente con bastantes escaleras… Y aquí es donde interviene la condromalacia: en mi danza con los taxis de Túnez todo giraba en torno a conseguirlos sin tener que forzar las piernas, o sin tener que pasar mucho tiempo de pie parado, algo que siempre se resolvía tirando de cartera. Al final decidí portar un banco de camping plegable siempre conmigo, durante unos días los guardas de seguridad del Cervantes y el MSB lo miraron con desconfianza, pero rápidamente pasó a formar parte de su rutina como ya lo era de la mía.

El segundo año en el MSB tiré por la calle de en medio, ya había aparecido la aplicación BOLT – algo así como el Uber tunecino -, sin pensarlo comencé a utilizarlo para ir y volver del trabajo, hecho que terminó por liquidar mis dinares y fue un motivo más para decidir terminar con mi vida de pluriempleado sin tarjeta de residencia en el norte de África. Aprovecho para mencionar que en mi barrio, el Menzah 7, al principio BOLT fue una opción, y estaba muy bien pues podías usar este servicio o el taxi convencional, pero que meses después de arrancar la aplicación el 80% de los taxis eran BOLT, por lo que utilizarlos era casi obligatorio. Por la mañana, sobre las 8, a lo largo de autovía que nos separaba del Menzah 6 se agolpaban grupos de personas sin teléfonos Smartphone.

Un rincón de mi impersonal barrio, el Menzah 7b

A la innegable complejidad que para mí suponía usar el transporte se unía además un hecho derivado de los problemas que el país tiene en cuanto a infraestructuras, especialmente en la capital. Tunis, pensada únicamente para los desplazamientos por carretera es intransitable. Andar por andar, caminar, pasear por placer… son allí un imposible, una quimera. Si salía con el firme propósito de marchar a pie – a veces lo intenté -, tenía que mentalizarme de que cada dos por tres me vería obligado a caminar directamente sobre la calzada, al no haber aceras, y de que cada diez minutos, para pasar de un barrio a otro tendría que cruzar una autovía. Los barrios son compartimentos aislados – a excepción del centro de la ciudad -, y carecen de accesos decentes a pie. Este hecho me obligada a una vida sedentaria, en parte compensada con sesiones de gimnasio, que ha oxidado mis ya de por sí castigadas piernas.

Hoy, en Gerena, a pesar de las molestias de mi rodilla: algo de inflamación en el ligamento lateral interno, molestias en ambos tendones rotulianos e inflamación en la parte superior de la rótula en ambas rodillas, puedo decir felizmente que estoy iniciando una rutina de paseos. Tras el viaje sigo tomando algunos antiinflamatorios y aplicando hielo antes de dormir, pero los efectos positivos de los paseos no se han hecho esperar. Mis piernas tienen ganas de moverse, más sobre la tierra de los caminos al rededor del pueblo que sobre los adoquines o el pavimento. Por ahora no quiero hacer más de tres kilómetros al día, caminata que culmino con series de estiramientos de isquiotibiales, con sólo eso ya siento los músculos más tonificados.

Es pues momento de paso a paso ir aumentando la distancia.

 

 

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