Entrevista a Rogelio López Cuenca

Publicado originalmente en Diagonal Periódico

“El arte tiene que disolverse cuando haga falta”

Frente a la ‘picassización’ de Málaga, Rogelio López Cuenca defiende el arte como acción directa

obey-mural

El mural de Obey en Málaga ha sido muy criticado / Franz van Peltz

El Museo Picasso de Málaga fue inaugurado en octubre de 2003. Desde entonces, siguiendo el modelo del Pompidou de París o el Guggenheim de Bil­bao, el centro de la ciudad está sufriendo una profunda remodelación. Instituciones culturales e intereses inmobiliarios convergen para desarrollar la ‘marca Picasso’, un ejemplo de gentrificación y de supeditación del espacio público a los intereses económicos.

Charlamos con Rogelio Ló­pez Cuenca (Nerja, 1959), un artista visual e investigador cuyo trabajo versa sobre la construcción del imaginario colectivo, la identidad y la memoria.

¿En qué consiste el ‘efecto Picasso’ y en qué ha condicionado la identidad de Málaga desde la apertura del museo en octubre 2003?

La “picassización” de Málaga es la cara más visible –hasta la caricatura– de la imposición de las políticas neoliberales en la ciudad; es el modo particular en que se ha acometido la reconversión al mercado del “turismo cultural” de una ciudad desindustrializada (otra más) para atraer inversiones y visitantes: construcción o ampliación de infraestructuras de transportes, terciarización de la economía, en torno a la hostelería principalmente, gentrificación del centro histórico, sometimiento de la política urbanística a los dictados de las inmobiliarias… Todo ello en torno a la casualidad de que Picasso naciera aquí. Es la variedad local de aspiración al ‘efecto Bilbao’ o el ‘efecto Guggenheim’. Desde entonces, Málaga ha recibido el AVE, ha abierto una segunda pista en el aeropuerto –de nulo uso y por sólo 224 millones de euros– y el puerto se ha convertido en una estación de cruceros que vomitan oleadas de turistas que tienen en el Picasso una parada obligada; así que el entorno del museo, en el centro del casco histórico, es una ininterrumpida sucesión de bares, restaurantes y tiendas de souvenirs. Todo muy picassiano. Y picassiana puede ser cualquier cosa. La verdad es que es difícil imaginarse una marca más versátil que Picasso y su capacidad de disparar la plusvalía de cualquier mercancía a la que se aplique: desde un perfume a un coche –y no cualquiera, eh: en España ¡es el coche de la policía! [el modelo Citroën Picasso es utilizado por la Policía Nacional].

¿Qué papel jugaron la prensa y los expertos en la elaboración del nuevo relato de ciudad y en la despolitización de Picasso?

Los media son indispensables en la construcción de una opinión pública que llegue a sentir como propios los intereses de las élites dirigentes. Los expertos, además, son responsables de la elaboración de un discurso teórico destinado a la ‘malagueñización’ de Picasso, a su naturalización, a purgarlo de todo referente político, a esencializar su figura como paradigma ahistórico de “español, español, español”. Como si fuera un personaje de Merimée… ¡o de Ozores!

Actualmente se está desarrollando el proyecto MAUS (Málaga Arte Urbano Soho), financiado con fondos europeos. ¿De qué se trata y qué consecuencias está teniendo para el panorama sociocultural malagueño?

Este tipo de proyectos de street art y “distritos de arte” son el reclamo típico, y a la vez la pantalla recurrente de los procesos de gentrificación y especulación inmobiliaria. Si este caso tiene una virtud es que la operación es tan grosera, sus promotores van tan sobrados, que ni se han preocupado de salvar las apariencias.

Dentro de las intervenciones urbanas del MAUS, Frank Shepard Fairey, alias Obey, ha pintado un mural gigante a espaldas del Centro de Arte Contemporáneo. ¿El típico caso del artista paracaidista?

No es un asunto esencialista, de ser o no ser, sino performativo, de actuación, de comportamiento. Y el caso concreto del mural de Obey en Málaga es un ejemplo palmario de paracaidismo. No se puede ir por el mundo aterrizando siempre ante una página en blanco, sin saber a dónde llegas ni para qué va a ser utilizado tu trabajo.

¿Es compatible la ciudad marca con una ciudad política dirigida por la ciudadanía?

¿Cuáles son las prioridades? ¿Una ciudad se puede “situar en el mapa” sin ser sede de macroeventos? ¿Sin edificios de arquitectos-estrella? ¿Por el grado de participación democrática de sus habitantes, de bienestar social? ¿Por su nivel de acceso a los servicios públicos, incluida la cultura? ¿Por su participación no sólo como consumidores, como espectadores, sino como agentes activos?

¿Qué responsabilidad tienen los creadores ante la construcción de la ciudad marca?

Toda. Todo arte es político. No sólo el antagonista. También el que aplaude. Y el que mira hacia otro lado.
 
¿Estamos condenados a ganarnos la vida sirviendo al ocio burgués?

Tradicionalmente, los jóvenes artistas revolucionarios, de­sengañados ante la futilidad de sus fantasías transformadoras, terminaban por sistema convertidos al cinismo y al pancismo. Hoy, las industrias culturales han dejado bien claro que el arte no es otra cosa. Y que el trabajador creativo es el modelo prístino del precariado.

Hay que tener conciencia de las posibilidades y los límites del campo en que actúas. Las prácticas artísticas tienen que ir a otro ritmo, producir contradiscurso, trabajar críticamente en el desmontaje de las estrategias de estetización espectacular, en cuyo interior ellas mismas se producen. Y desaparecer cuando haga falta, disolverse –el arte es una herramienta entre otras– en el interior de la acción política directa cuando las condiciones lo requieran o lo hagan posible. Y trabajar para que eso suceda.

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