15-M. Fuera de guión

Por fin. ‘El siglo XVIII llegó a España’, rezaba una pancarta de la Ciudad Condal el 28 de mayo en Plaza Catalunya. Ese mismo día, el “historiador” nacionalcatólico Pío Moa escribía en el obituario de Libertad Digital “o la democracia acaba con estos delincuentes o estos delincuentes acaban con la democracia”. Estábamos en el zénit del 15M, las espadas por todo lo alto, el mo v i mi e n t o ciudadano había tocado una fibra sensible de la población y su éxito era incuestionable, el país entero estaba encandilado de su juventud rebelde. Las acampadas eran un hervidero de vida y creatividad, y a Moa le dolía la cabeza. Una semana antes, cuando la marea azul del 22 de mayo aún no nos había inundado de chapapote, incluso políticos y voceros de los rincones más cavernarios del reino, sin temblarles el pulso, afirmaban que era necesario escuchar a los indignados, “la voz de la calle”. Pero a la calle nunca se la escucharía, la construcción del terrorista antisistema dueño del 15M en el imaginario colectivo comenzó la misma noche del 22M, jamás se consideró otra posibilidad.

Es en este contexto donde hay que situar la frase de Pío Moa, sentencia que habla a las claras del estado actual de las cosas: un momento histórico en el que la democracia liberal se ha convertido en el único sistema legítimo, y toda oposición a ella es instantáneamente sospechosa de terrorista. Esta tesis será el principal argumento a la hora de intoxicar por parte de los medios de (in)formación. La versión oficial, a la que acciones poco inteligentes de los indignados ha dado alas, es que el movimiento 15M se le ha ido de las manos a sus creadores, grupos antisitema han copado la dirección y por tanto ya no queda nada respetable en él, porque el 15M se ha convertido en una amenaza a la sacrosanta democracia liberal – la única –. Siendo hora pues de que la policía ponga orden y mande a estos alborotadores a casa – para así poder volver a nuestra mezquina y cínica rutina de recortes sociales y beneficios bancarios –.

Pasadas las elecciones el poder ponía en marcha su maquinaria de construcción de iconos, cuando los indignados se concentraron el 15J en las afueras del Parlament de Catalunya la iconografía ya se había creado, y su falta de inteligencia – hecho que la presencia de los secretas no puede escusar – favoreció el triunfo parcial de esta tesis que ahora vivimos y que pone en crisis la supervivencia del propio movimiento. Es muy fácil para el poder hacerse la víctima, magnificar la violencia de los indignados y silenciar la violencia económica; que como la radiación es invisible pero letal. Cuando el 15 de junio, algunos grupos de indignados insultaban y acosaban indiscriminadamente a todo político que intentaba acercarse al Parlament, estaban representando exactamente el papel que el poder les había designado, siendo los tontos útiles – en sentido marxiano – de los intereses de sus enemigos. Su acto infantilista y de violencia soft cumplía una doble función: menguar la popularidad del movimiento y silenciar lo importante: que los parlamentarios catalanes se habían reunido para ejecutar el mayor recorte a los presupuestos sociales de la historia de la Generalitat. Los indignados llevados por la ira se equivocaron y permitieron a los sicarios del poder realizar sus recortes con total tranquilidad. No consiguieron visibilizar ese hecho y por tanto fracasaron.

El poder juega con las cartas marcadas y ha metido al 15M en un guión predecible. El 15M perdió una primera batalla cuando abandonó las acampadas por la presión mediática sin haber definido claramente las estrategias a seguir y ha perdido una segunda cuando ha dejado que sea el poder el que, en parte, señale su agenda, indicándole los puntos donde debe concentrarse. Si el movimiento social no supera su predecibilidad – que le lleva a ser fácilmente domeñable – y su descrédito – que le hace perder apoyos y facilita la dirección del mismo por el poder – el 15M se disolverá entre escaramuzas cada vez menos pobladas y más violentas.

En el momento actual, el 15M tiene la obligación de abandonar el callejón sin salida en que se encuentra y perseguir a todo violento o provocador, este movimiento será pacífico o no será. En este sentido son esenciales la ocupación y reivindicación del espacio público, el arduo trabajo pedagógico y propagandístico de llevar el mensaje a los trabajadores con el fin de engrosar las bases de la movilización, las acciones puntuales y concretas que den pequeñas victorias –como las concentraciones frente a los desahucios –, fomentar la práctica del diálogo y el debate popular que hagan sentir a la gente que somos muchos los que compartimos problemas similares y que creen el sentimiento de comunidad sin el cual, nuestro enemigo, el liberalismo salvaje, campará a sus anchas.

Este texto ha sido publicada en el número 5 de la revista NOTON, puede leer la revista online AQUÍ

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