Un Cortocircuito. El No de Santiago Sierra.

A pesar de la simpatía que el rechazo de Santiago Sierra al Premio Nacional de Artes Plásticas ha despertado en amplios sectores de la población, sobre todo aquellos más castigados por la crisis, entre los profesionales del arte y la crítica elitista son muchas las voces que se han pronunciado para cuestionar al díscolo artista. Salvando distancias con las lamentables palabras que Pedro Alberto Cruz Sánchez – doctor en Historia del Arte y Consejero de Cultura y Turismo de Murcia –, espetara el pasado 13 de noviembre en La Razón, «Sinceramente, estoy harto de tanto payaso que se pasea por la escena contemporánea», textos más serios y bien argumentados merecen una réplica que permita trasladar la discusión, desde el coto privado del arte al terreno del debate público.

La crítica elitista, tras el incidente, ha ahondado en la separación entre los hechos del arte y el resto de acontecimientos públicos, como si el arte fuera un compartimento estanco separado de la vida cotidiana y la sociedad. Dos textos aparecidos recientemente en la web salonKritik son representativos de este estado de opinión, Un burdo rumor (el no de Santiago Sierra) de Daniel Cerrejón y El –No– de Santiago Sierra: un pequeño ejercicio para el análisis del discurso de María Virginia Jaua. Ambos artículos pretenden desactivar la capacidad política del gesto de Sierra – aunque desde ángulos diferentes – y mantener el debate en el interior de la cámara anecoica del espacio separado del arte.

Para Daniel Cerrejón el asunto de Sierra únicamente puede leerse en clave artística. Con estas lentes, entiende la negativa al premio como una obra más del artista, dentro de la crítica a la institución desde el propio arte, que busca rentabilizar el rechazo en términos de visibilidad. ¿Pero visibilidad dónde y ante quién? Quizás desde un cerro más alto podamos entender mejor el contexto.

Santiago Sierra rechazó el premio con una carta en el blog Contraindicaciones que no es un medio especializado exclusivamente en arte. De hecho, bajo el título del blog la palabra “política” es anterior a las palabras “arte contemporáneo”. Por otro lado, si Santiago Sierra ha aumentado su visibilidad ha sido entre un público no relacionado con el arte contemporáneo. Sus críticos han recordado por doquier la participación del artista en la Bienal de Venecia en 2003 – a la que asistió con una pieza bastante crítica por cierto –, una “colaboración” con el Estado muy diferente a aceptar un premio, basada precisamente en la misma lógica que usa Sierra al contratar a los trabajadores de sus piezas: el trabajo tiene siempre sentido para el trabajador porque cobra un salario, independientemente del uso ulterior que de éste haga quién lo encarga – poniendo de manifiesto las contradicciones inmanentes al sistema capitalista –. Pero no mencionan – lo olvidan – que Sierra cedió el NO del NO, Global Tour, a modo de plantilla, durante la campaña contra la videovigilancia en el Barrio de Lavapiés en 2009. Es la primera vez que se rechaza un Premio Nacional, afirmar sin ambages la rentabilidad en el contexto del arte de la negativa de Sierra es un futurible especulativo no demostrado y obvia la repercusión del acontecimiento en otros ámbitos.

La crítica de María Virginia Jaua es diferente; parte de la interpretación del acto de Santiago Sierra dentro del campo de las retóricas de la resistencia que sirven al capitalismo antihegemónico. Es decir, para ella el acto de rechazo es un posicionamiento que refuerza los discursos dominantes, pues hace que la institución y el mercado puedan rentabilizar un discurso antisistema. Esto será siempre cierto dentro del juego del arte, pero si añadimos una variante que altere la dinámica del juego – como la tercera banda del campo de fútbol de Asger Jorn –, por la cual el mundo del arte no esté separado del devenir cotidiano, asumiendo que el acto de Sierra pone en peligro la continuidad de la simbiosis (parasitismo) de la relación INSTITUCIÓN ARTE/ ARTISTA, al cortocircuitar uno de los lugares de reproducción de la ideología dominante – de todo el sistema no sólo del campo del arte –; cabe la posibilidad de plantear la decisión del artista como un acto político trascendente, una fisura en el sistema, desde donde desgastar y poner en cuestión las relaciones de poder y sus formas de perpetuarse.

Por otra parte, el propio relato de Jaua cabría interpretarse como un discurso necesario para determinada posición hegemónica de la crítica, que en la desactivación del gesto de Sierra encuentra la excusa perfecta para – restaurando el equilibrio al propio sistema –, mantener una posición privilegiada de la teoría crítica sobre la praxis artística y el devenir de los acontecimientos del arte. Situándose por tanto, dentro de la sociedad de clases, en el espacio reservado para los especialistas encargados de asegurar la supervivencia del sometimiento ideológico y la represión de toda perturbación que haga visibles las contradicciones inherentes al capitalismo.

La institución – a través de los concursos, las Escuelas de BBAA y de Historia del Arte y por supuesto los premios – perpetúa un sistema por el cual el arte está al servicio de la ideología dominante. La institución vela por el arte al tiempo que éste se convierte en un aparato ideológico del estado. El arte es premiado y cuidado en cuanto lugar de especialistas en transmitir la ideología dominante. El arte, en este sentido, sería junto a los medios de comunicación, la escuela, la religión, etc. una herramienta de sometimiento esencial para la reproducción de las fuerzas de producción del sistema.
El rechazo de Sierra es un cortocircuito porque va en la dirección de poner en crisis la reproducción de estas fuerzas al manifestar las contradicciones inmanentes del actual sistema de producción. Como decía Marx y recuerda Althusser, hasta un niño sabe que una formación social que no reproduzca las condiciones de producción al mismo tiempo que produce, no sobrevivirá siquiera un año.
Por ello, devolver discursos que preservan la ideología dominante aunque aparezcan en la forma antisistémica de crítica al capitalismo contrahegemónico – caso de los de Jaua o Cerrejón –, como si de un boomerang se tratasen, a su punto de partida, es esencial para nuestro objetivo: arrebatar este debate a la esfera separada del arte y trasladarlo a la esfera pública, donde el cortocircuito sea más difícil de digerir y pueda provocar – quizás – ramificaciones interesantes.

Publicado en el Periódico Diagonal, nº138

noviembre de 2010

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