La crítica de arte como diálogo

Al enfrentar la obra de arte el crítico se aproxima a ella armado de su bagaje cultural, demostrándolo de manera explícita o implícita en el discurso resultante. De este choque surge un punto de vista subjetivo que, al dirigirse a la realidad de la obra, da lugar a un texto único en el que su narrador (el crítico) refleja exclusivamente el fragmento de una totalidad (la obra), teniendo presente que en ningún caso agotará las lecturas posibles de la misma.

La crítica de arte es una recepción escrita, como la contemplación es una recepción ágrafa, del hecho artístico. En ambos casos es esencial tener presente que: toda recepción depende del punto de vista del receptor y únicamente capta un número limitado de facetas de la realidad, nunca todas. Llegamos así a una primera conclusión: no existe una crítica de arte total capaz de captar la infinidad de lecturas que componen una pieza, siempre será posible añadir algo más a medida que la existencia de la obra transcurre en el tiempo. Siendo así porque: mientras la creación es algo concreto existente en el mundo real; la crítica es una abstracción, la descripción de ese objeto/documento/hecho, existente únicamente en el ámbito del lenguaje.

Queda de este modo patente que una parte esencial en el relato (la crítica) es la presencia del narrador (el crítico). La consciencia de esta figura es fundamental a la hora de evitar caer en la tentación de pensar en el texto crítico como un relato objetivo, capaz de sintetizar el sentido último de la pieza y anular por tanto toda valoración ulterior (o anterior).

Ahora bien, si la crítica de arte es ineludiblemente subjetiva y toda formulación que realice es una reducción de significados de su objeto referencial ¿Qué sentido tiene su existencia? O más sencillamente ¿Qué valor puede ofrecer una nueva descripción de un hecho artístico? Si la obra de arte fuera reducible a una única lectura, la dada en el momento de su creación por el artífice, ninguno.

Lo principal aquí es que la obra de arte trasciende su autor, adquiriendo una autonomía propia. Cabría entonces la posibilidad de entender la obra de arte como una narración en el tiempo y que va enriqueciéndose con las lecturas y relecturas realizadas por sus receptores (el público activo). Cuando un receptor realiza un texto por escrito, una crítica, ésta pasa a formar parte de la existencia de la pieza enriqueciendo la pluralidad de sus significados. Siendo nuestra segunda conclusión la siguiente: la figura del crítico se justifica únicamente como lector que fija por escrito las conclusiones de su lectura, dada la imposibilidad de ser juez último del objeto que lee.

Si el crítico reconoce la autonomía de la obra y su incapacidad para realizar una abstracción última de su esencia, llegará a descubrir que su papel es el de un dialogante, única posición desde la que no reduce la realidad del hecho artístico. Además, situado en este lugar, realiza una labor activa en vez de ser una voz pasiva que sentencia sobre la obra, iniciando un diálogo entre la nueva descripción que ha realizado, las descripciones anteriores, el lector de la crítica y la obra de arte en sí.

El papel del crítico tendría entonces sólo sentido en el seno de una comunidad cultural, dentro de la cual sería el reactivador de una conversación por medio de su opinión – que también le trasciende y no será igualmente entendida por la colectividad de sus lectores –. Planteando ya nuestra tercera y última conclusión: la crítica de arte puede ser entendida como un diálogo dentro de una comunidad a fin, teniendo únicamente sentido dentro de ella y siendo difícilmente extrapolable a contextos culturales no familiarizados con el diálogo continuado por el crítico[1].

Publicado en el nº 3 de la revista NOTON (antigua ACCM)
Gerena 2 de abril de 2010

[1] Este texto ha surgido tras una reflexión sobre la lectura del prólogo que, para la edición de Cátedra de San Manuel bueno, mártir, de Miguel de Unamuno, realizara Mario J. Valdés.

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